miércoles, 12 de diciembre de 2007

Por qué no habré dejado el trabajo

Acababa el año y seguía allí.
No me explicaba cómo había ido a parar a aquella empresa que me amargaba la existencia y de la que, sin embargo, no lograba salir. Iba día tras día al mismo puesto de trabajo desde hacía, ¿cuánto?, ¿dos años?, ¿tres, cinco?, no, eran ya 8 años de mi vida perdidos en aquella desgracia y por más que pensara que fue ayer cuando me hicieron tantas promesas en la entrevista, la sensación que tenía era de eternidad.
Todo parecía engañarle. No eran 8 años, debían ser por lo menos 50 o más. ¿Por qué pasa tan despacio el tiempo cuando se quiere justamente lo contrario? Es extraño pero cuanto más ansías el futuro, más tarda en llegar.
Mi mujer me había abandonado dos años atrás y, aunque a veces había pagado por el sexo, ya nada había sido igual. No me calmaba y cada vez me sentía peor por tener que hacerlo de esa manera.
Había salido algunas noches con mis amigos solteros en busca de alguien que se lo quisiera pasar bien un rato, pero mi fantástica aventura había acabado con un doble de mí mismo atosigando cual baboso a cuanta mujer que se atrevía a cruzar por delante de mi, o en su segunda versión, abrazado a una taza borracho y montado en un taxi de vuelta a casa por alguno de los solteros o por el portero de la discoteca, claro previo pago por los servicios.
Hoy había trabajado en turno de tarde, era gracioso cómo a salir a las doce de la medianoche le llamaban turno de tarde. Había pasado por el bar de más abajo, aquel antro sólo olía a grasaza rancia de la plancha que, por lo visto, nunca habían limpiado lo suficiente. No era muy recomendable cenar allí y muy pocas personas se atrevían a beberse una cerveza en los vasos que tenía el susodicho tugurio.
Después de una cena “reparadora” caminaba dirección a mi casa, cabizbajo, sin más pensamientos que los deseos de abandonar la empresa de una vez por todas.
No es usual sentir que las sombras se mueven pero para cuando hice caso a mis instintos era ya demasiado tarde. El joven que tenía enfrente con un amenazador cuchillo tenía la tez morena y los ojos de un verdadero loco. Estaba muy cansado como para aguantar estas tonterías y cuando le entregué la cartera sabía que no me iba a ir de esa calle sin la misma. En un acto reflejo, cuando mi atacante se dio la vuelta, aproveché para cogerle del brazo e intentar recuperar mis pocas posesiones pero en lugar de eso lo que recuperé fue la sensación de sufrir algo de dolor. Un dolor agudo me recorrió el pecho. No me había enterado de nada, no lo vi venir. La cara del joven de tez morena lo decía todo. Esos ojos desorbitados se habían sorprendido tanto como yo y había visto en ellos una secuencia de sentimientos bien definida. Primero un atisbo de miedo, luego de pánico y finalmente de terror. Para cuando salió corriendo no pude seguirlo. Una sensación extraña me recorría por dentro y el dolor que había sentido se hacía más y más patente. Una vez me eché la mano al pecho, como acto reflejo para ver si el dolor remitía, me di cuenta de que estaba húmedo.
Todo empezaba a encajar de manera aterradora. En algún momento miré hacia abajo y ya todo estaba claro en mi mente. No había vuelto a ver el cuchillo y se me había olvidado de que aquel loco lo tenía en su mano. ¿Cómo pude ser tan idiota?
Toda mi camisa estaba teñida de un color rojo intenso. ¡O Dios mío! No puede ser. Me había clavado el cuchillo!!!
El pánico se apoderó de mi cuerpo en el mismo instante en el que empezaban a fallarme las piernas. Cuando quise gritar auxilio ya no me quedaban fuerzas para sostenerme y caí como un peso muerto, ahora que pienso, es casi lo que era.
El frío de dentro del cuerpo empezó a mezclarse con el de la calle, o es que ya no era capaz de diferenciar uno del otro? El suelo me parecía un verdadero colchón en aquellos momentos, se estaba tan a gusto allí abajo. Algo líquido y medianamente caliente empezó a brotar por mis pantalones y al salir al aire libre se mezclaba con la sangre que brotaba por mi camisa. Extraña y macabra fuente empezaba a parecer. La verdad es que hacía mucho frío y estaba muy cansado como para tener los ojos abiertos. Es extraño pero el miedo se había esfumado, quizá había brotado también desde algún recóndito lugar de mi cuerpo del que no era consciente, cierto es que empezaba a no ser consciente de varias partes del mismo. Y lo único de lo que era consciente era del penetrante frío que empezaba a sentir. Había cerrado los ojos hacía ya tiempo y el sueño era todavía más intenso. ¿Era eso morirse? No estaba muriendo tan sólo tenía sueño. Un sueño delicioso que invitaba más y más a olvidarse del exterior, después de todo ya no sentía dolor y el frío era cada vez más lejano.
En ese momento una idea aterradora me vino a la mente, un poco más apagada. ¿Por qué no habré dejado el trabajo?

Junec, 12-Diciembre-2007

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